Salía de grabar al bailarín Ángel Corella en el centro. Lo único que había hecho en todo el día era calentar una silla y una entrevista, así que me moría de ganas de ver a alguien antes de volver a la soledad de mi piso.
Llamé a un par de personas y no tuve respuesta, así que pensé en volver andando hasta casa; total, no tenía nada mejor que hacer.
A mi vera, también subiendo el Paseo de Gracia, caminaba un tipo con su perro, un ejemplar muy bonito y elegante. Creo que sólo lo había visto en películas o revistas. Le pregunté de qué raza era. Es un afgano. Me dijo. Se llama Estrella. Vaya, pensé, como yo.
Me explicó que debajo de todo ese pelo había un galgo. Y que sólo había 5 en barcelona. Y que no huelen, porque tienen no se qué debajo de las orejas que hace que nunca huelan. De hecho, se llaman afganos perfumados, me siguió explicando. Y sólo hace falta llevarlos a la peluquería una vez cada tres meses. Lo olisqueé. Realmente era un perro inoloro. Y muy suave.
Cuatro calles más arriba me contó la ruta que hacía cada día con su perra y cada detalle de los perros que nos íbamos cruzando. Él era un hombre de unos 40 años, con incipiente calvicie bien disimulada, burgués catalán muy rico por su acento, homosexual y solitario.
Me explicó también donde la dejaba en vacaciones, lo que le costaba llevarla a Mallorca y que para Navidades le había comprado un collar Luis Vuitton. Me animó a que tuviese uno igual, porque un perro nunca me defraudaría.
Llegamos a la Diagonal y Estrella se paró en el banco donde cada noche su dueño se fumaba un cigarrillo. Yo me hubiese quedado toda la noche escuchándole con tal de no estar sola. Pero me despedí y seguí mi camino hasta casa, muy decidida por cambiar mi vida. Luego, lloré un rato.
Llamé a un par de personas y no tuve respuesta, así que pensé en volver andando hasta casa; total, no tenía nada mejor que hacer.
A mi vera, también subiendo el Paseo de Gracia, caminaba un tipo con su perro, un ejemplar muy bonito y elegante. Creo que sólo lo había visto en películas o revistas. Le pregunté de qué raza era. Es un afgano. Me dijo. Se llama Estrella. Vaya, pensé, como yo.
Me explicó que debajo de todo ese pelo había un galgo. Y que sólo había 5 en barcelona. Y que no huelen, porque tienen no se qué debajo de las orejas que hace que nunca huelan. De hecho, se llaman afganos perfumados, me siguió explicando. Y sólo hace falta llevarlos a la peluquería una vez cada tres meses. Lo olisqueé. Realmente era un perro inoloro. Y muy suave.
Cuatro calles más arriba me contó la ruta que hacía cada día con su perra y cada detalle de los perros que nos íbamos cruzando. Él era un hombre de unos 40 años, con incipiente calvicie bien disimulada, burgués catalán muy rico por su acento, homosexual y solitario.
Me explicó también donde la dejaba en vacaciones, lo que le costaba llevarla a Mallorca y que para Navidades le había comprado un collar Luis Vuitton. Me animó a que tuviese uno igual, porque un perro nunca me defraudaría.
Llegamos a la Diagonal y Estrella se paró en el banco donde cada noche su dueño se fumaba un cigarrillo. Yo me hubiese quedado toda la noche escuchándole con tal de no estar sola. Pero me despedí y seguí mi camino hasta casa, muy decidida por cambiar mi vida. Luego, lloré un rato.

4 comentarios:
Eso de que tan sólo hay cinco en Barcelona... Hay bastantes más de cinco. De hecho, uno de los mejores criadores en España de afganos vive allí. Yo creo que se ha tirado el pisto.
i dont know. si ayer me hubiese dicho que volaba, me lo hubiese creído.
sí que me dijo que había un criador en bcn, pero que era mejor el de alicante.
M'encanta aquesta entrada Estrellita!
Vols dormir amb mi avui? jeje
Et ballaré la Beyoncé.
G
¡Guau!
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