Situémonos. Es enero, hace muchísimo frío para los estándares de la ciudad condal, tanto, que teniendo en cuenta que soy la persona más vaga que conozco, y conozco a muchísima gente, últimamente prefiero ir andando al trabajo que en moto.
Pero hoy he cogido la moto, porque me he dormido. Bueno, me he dormido a posta. Tenía que ir al médico a las 9.15h, y por lo tanto tenía permiso para llegar más tarde al trabajo, y claro, a las ocho de la mañana, mi lado infantil y mi lado maduro han estado discutiendo un rato, y en fin, que ha sido una discusión breve. La gratificación instantánea ha vuelto a ganar a la responsabilidad del futuro.
El caso es que habían intentado cortar el candado de la moto. Moto que me regaló mi padre hace pocos años, cuando yo le dije que por favor no lo hiciera pues quería una de segunda mano para evitar precisamente eso, preocuparme por bienes materiales.
He estado sopesando dos soluciones: volver al parking, que me da terror, o comprar un nuevo candado. Al final, a media tarde, me he ido a la tienda para motoristas que mi mecánico me ha recomendado a por la cadena más grande de la historia.
Llego. Media tarde. Lleno de hombres. Tres dependientes. Mucho calor dentro. Me empiezo a sacar capas. Aunque estaba diluviando, mi sexto sentido me ha vestido con una falda ajustada y unas botas muy monas. Qué listo es. Hay un dependiente rubio, treinta y pocos, es guapo, parece dulce, y me mira más que el resto. Yo hago ver que curioseo la tienda mientras me pregunto si el destino hará que me atienda él.
Treinta minutos de espera más tarde me da un poco igual que al final me toque el dependiente más mayor. De hecho, los hombres mayores me gustan. Me da la sensación que saben más y se controlan mejor. Pero vamos, que me acuesto con los jóvenes, de momento. El caso es que le pido el mejor candado que tenga anti-cacos, y él disierta un rato sobre que no hay derecho y que los cacos se las saben todas y que se merecen una buena tunda. Y aquí es cuando hago mi gran intervención, y le explico que a mí, lo que me gustaría comprar es un ácido corrosivo que hiciese que la próxima vez que un imbécil intentara cortar el candado, se dejase los dedos abrasados en el intento. Lo digo tan expresiva, con tal aplomo y tan convencida, que hasta yo me lo creo. Y sin pensar en ningún momento en las consecuencias que eso tendría. Además, añado, que como soy mujer y carezco de fuerza física, pues que por eso tengo una mente más sutil y retorcida.
En la tienda, dónde segundos antes había tanto ajetreo que parecía un mercado de la periferia en hora punta, se hace el silencio. Yo salgo del trance asesino y veo cómo los clientes que esperan me miran. El viejo dependiente no se atreve a decir nada más. El rubio me mira distinto, como diciendo “buf, de buena me he librado”. Y gracias a dios, el otro dependiente me informa que lo que quiero hacer no es legal. Que él le rompió el brazo por tres partes a uno que le intentaba robar el coche con la puerta y que le ha costado tres millones de las antiguas pesetas el juicio porque el ladrón lo denunció.
Me vuelvo a casa con la cadena más grande que hay anti-robos y pensando seriamente en por qué funciona así mi cabeza. Si es una cuestión de educación, de poca cultura o falta de autocontrol. O quizás es falta de sexo. O que tengo que ir más al gimnasio.
martes, 12 de enero de 2010
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